La señorita Winchelsea iba a visitar Roma. Llevaba más de un mes sin pensar en otra cosa; y había hablado tanto del asunto que muchas personas que no iban a visitar Roma, y que probablemente no lo harían nunca, parecían habérselo tomado como una ofensa personal. Algunos habían intentado convencerla sin éxito de que Roma no era un lugar ni mucho menos tan atractivo como decían, y otros habían llegado a insinuar a sus espaldas que se daba demasiados aires con «esa Roma suya». Y la pequeña Lily Hardhurst había comentado a su amigo el señor Binns que, en lo que a ella concernía, la señorita Winchelsea podía ir a «su antigua Roma» y quedarse allí; ella (la señorita Lily Hardhurst) no lo lamentaría. Y la tierna relación personal que la señorita Winchelsea entabló con Horacio, Benvenuto Cellini, Rafael, Shelley y Keats (si hubiera sido la viuda de Shelley, no habría mostrado mayor interés por su tumba), despertó el asombro general.
Su vestido era un modelo de discreción, cómodo y práctico, pero muy poco «de turista»; y llevaba el Baedeker forrado de gris, a fin de ocultar su color rojo brillante. Su pequeña figura resultaba encantadora en el andén de Charing Cross, a pesar de su inflamado orgullo cuando, finalmente, llegó el gran día y pudo partir a Roma. Hacía un día soleado, la travesía por el Canal sería muy agradable, y todos los augurios eran buenos. En aquella salida sin precedentes, experimentaba una alegre sensación de aventura.
Viajaba con dos amigas que habían sido compañeras suyas en la Escuela de Magisterio, unas muchachas virtuosas y simpáticas, aunque no supieran tanta historia y literatura como la señorita Winchelsea. Ninguna de las dos se sentía a su altura, aunque físicamente tuvieran que mirar hacia abajo para dirigirse a ella, y la señorita Winchelsea esperaba pasar horas muy felices «insuflando» en las dos jóvenes el mismo entusiasmo estético e histórico que se había adueñado de ella.
Viajaba con dos amigas que habían sido compañeras suyas en la Escuela de Magisterio, unas muchachas virtuosas y simpáticas, aunque no supieran tanta historia y literatura como la señorita Winchelsea. Ninguna de las dos se sentía a su altura, aunque físicamente tuvieran que mirar hacia abajo para dirigirse a ella, y la señorita Winchelsea esperaba pasar horas muy felices «insuflando» en las dos jóvenes el mismo entusiasmo estético e histórico que se había adueñado de ella.
Ya habían conseguido asientos, y le dieron una calurosa bienvenida en la portezuela del vagón. En el momento del encuentro, percibió con ojo crítico que Fanny llevaba una correa de cuero que parecía «de turista», y que Helen había sucumbido a una chaqueta de sarga con dos bolsillos laterales, donde había metido las manos. Pero estaban demasiado contentas consigo mismas y con la expedición para que su amiga intentara lanzarles alguna indirecta al respecto. Tras los primeros momentos de euforia -el entusiasmo de Fanny resultó un poco burdo y escandaloso, y consistió básicamente en repetir con énfasis: «¡Imaginaos! ¡Vamos a Roma, queridas! ¡A Roma!»-, las jóvenes centraron la atención en sus compañeros de viaje. Helen quería tener un compartimiento para ellas solas y, a fin de desanimar a los intrusos, se colocó muy decidida en el escalón delante de la puerta. La señorita Winchelsea se asomaba por encima de su hombro, y hacía pequeños comentarios sobre la gente que se amontonaba en el andén; Fanny se reía alegremente de sus palabras maliciosas.
Viajaban con uno de los grupos del señor Thomas Gunn, catorce días en Roma por catorce libras. Como es natural, no formaban parte del grupo dirigido -la señorita Winchelsea se había ocupado personalmente de que así fuera-, pero sí realizaban el viaje en su compañía, pues era lo más conveniente. La mezcla de gente no podía ser más curiosa, y era realmente divertida. El grupo dirigido tenía un guía vocinglero de rostro colorado y larguísimas piernas y brazos, con un traje moteado y una actividad febril. Gritaba proclamas. Cuando quería hablar con una persona, extendía el brazo y la agarraba hasta conseguir su propósito. Tenía una mano llena de papeles, billetes, talones de viaje. La gente del grupo dirigido era, al parecer, de dos clases: los que el guía buscaba y no podía encontrar, y los que no buscaba y le seguían, cada vez más numerosos, de un lado a otro del andén. Estos últimos parecían convencidos de que la única posibilidad de llegar a Roma era pegarse a sus talones. Había tres ancianas especialmente enérgicas en su persecución, que acabaron sacándole hasta tal punto de sus casillas que las conminó a meterse en un vagón y a no salir de él. El resto del tiempo, una, dos o tres de sus cabezas se asomaban por la ventanilla y, cada vez que pasaba cerca, le preguntaban con voz lastimera por «una pequeña caja de mimbre». Había un hombre corpulento con una mujer corpulenta vestida de un negro muy brillante; y un anciano que parecía un viejo mozo de cuadra.
-¿Qué puede querer esta gente en Roma? -exclamó la señorita Winchelsea-. ¿Qué puede significar esa ciudad para ellos?
Viajaban con uno de los grupos del señor Thomas Gunn, catorce días en Roma por catorce libras. Como es natural, no formaban parte del grupo dirigido -la señorita Winchelsea se había ocupado personalmente de que así fuera-, pero sí realizaban el viaje en su compañía, pues era lo más conveniente. La mezcla de gente no podía ser más curiosa, y era realmente divertida. El grupo dirigido tenía un guía vocinglero de rostro colorado y larguísimas piernas y brazos, con un traje moteado y una actividad febril. Gritaba proclamas. Cuando quería hablar con una persona, extendía el brazo y la agarraba hasta conseguir su propósito. Tenía una mano llena de papeles, billetes, talones de viaje. La gente del grupo dirigido era, al parecer, de dos clases: los que el guía buscaba y no podía encontrar, y los que no buscaba y le seguían, cada vez más numerosos, de un lado a otro del andén. Estos últimos parecían convencidos de que la única posibilidad de llegar a Roma era pegarse a sus talones. Había tres ancianas especialmente enérgicas en su persecución, que acabaron sacándole hasta tal punto de sus casillas que las conminó a meterse en un vagón y a no salir de él. El resto del tiempo, una, dos o tres de sus cabezas se asomaban por la ventanilla y, cada vez que pasaba cerca, le preguntaban con voz lastimera por «una pequeña caja de mimbre». Había un hombre corpulento con una mujer corpulenta vestida de un negro muy brillante; y un anciano que parecía un viejo mozo de cuadra.
-¿Qué puede querer esta gente en Roma? -exclamó la señorita Winchelsea-. ¿Qué puede significar esa ciudad para ellos?
