Durante tres años trabajé como ayudante en una librería. Al principio cobraba ochenta marcos al mes, después noventa, más tarde noventa y cinco, y me sentía contento y orgulloso de ganarme el pan sin necesidad de aceptar un penique de nadie. Mi máxima ambición era llegar a trabajar de librero de viejo, de forma que pudiera, como un bibliotecario, vivir entre viejos libros y datar incunables y grabados en madera. En las buenas librerías de ocasión había puestos que se remuneraban con doscientos cincuenta marcos o más. De todos modos, aún me quedaba mucho camino por recorrer. Era cuestión de trabajar y trabajar...
Entre mis compañeros había tipos raros. Con frecuencia me daba la impresión de que la librería era un asilo para marginados de toda condición. A mi lado, en el pupitre, se sentaban pastores que habían perdido la fe, eternos estudiantes desmoralizados, doctores en filosofía sin empleo, redactores que ya no eran aptos para su trabajo y oficinistas que recibían una modesta pensión. Muchos tenían mujer e hijos y andaban con la ropa hecha jirones; otros vivían con relativa comodidad; a la mayoría, sin embargo, el sueldo sólo les alcanzaba hasta el primer tercio del mes, y durante el resto del tiempo se contentaban con cerveza, queso y fanfarronas soflamas. Sin embargo, todos ellos guardaban, de tiempos más gloriosos, un asomo de buenas maneras y de cultivada retórica y estaban convencidos de que sólo una inaudita mala suerte explicaba su descenso hasta aquellos humildes puestos.
