sábado, 11 de marzo de 2017

EL MONASTERIO DEL LOTO PRECIOSO (CUENTO)


En la ciudad de la Pureza Eterna había una vez un gran monasterio dedicado al Loto Precioso. Contenía centenares de celdas, y su extensión cubría varios miles de hectáreas. Su riqueza y prosperidad se debían a la posesión de una famo­sa reliquia.
 
Los bonzos del monasterio, unos cien, vivían rodeados de lujos; y los visitantes podían estar seguros de ser recibidos por uno de ellos desde el momento en que entraran, y de ser invitados a tomar té y pasteles. Ahora bien, en el templo había una Capilla de los Chiquillos, que tenía fama de poseer una virtud milagrosa. Si se pasaba la noche en ella queman­do incienso, las mujeres que querían tener un hijo, conseguían un hijo.

En torno a la sala principal había varias celdas. Las mu­jeres que deseaban tener hijos habían de estar en pleno vigor de la edad y libres de toda enfermedad. Solían ayunar por espacio de siete días, y luego pasaban al interior del templo a postrarse ante Fo y consultar las varitas de adivinación. Si los presagios eran favorables, pasaban una noche entera encerradas a solas en una de las celdas con el fin de orar. Si los presagios eran desfavorables, era debido a que sus plegarias no habían sido bastante sinceras. Los bonzos les hacían saber esta falta, y ellas volvían a empezar de nuevo sus siete días de ayuno antes de regresar otra vez a sus devociones.

Las celdas no tenían abertura ninguna en sus paredes, y cuando una penitente entraba en una de ellas sus familiares y dependientes solían ir a instalarla. En cuanto llegaba la noche, quedaba encerrada bajo llave en la celda y los bonzos in­sistían en que uno de los miembros de la familia tenía que pasar la noche ante la puerta de la celda, para que ninguno pudiera abrigar la menor sospecha de que la mujer hubiese recibido la visita de nadie. Cuando la mujer regresaba a su hogar, el pequeño estaba ya formado. Siempre nacía rollizo y hermoso y sin ningún defecto.

Además no había casa, ya fuera de los funcionarios públicos o de la gente del común, que no enviara a uno o dos de sus miembros a orar en la Capilla de los Chiquitines. Y las mujeres llegaban a ella hasta de las provincias.

Cada día el gentío que llenaba el monasterio era comparable a las montañas o al mar, y todo el lugar estaba lleno de los más alegres rumores. Ya no llevaban ningún registro de los dones que continuamente llovían sobre ellos. Cuando se les preguntaba a las mujeres en qué forma, durante la noche, había el P'usa hecho que su respuesta fuera inteligible, unas contestaban sencillamente que Fo les había dicho en sueños que tendrían un hijo. Otras decían que habían soñado que había llegado un león que se había acostado junto a ellas. Algunas afirmaban que no habían tenido ningún sueño. Las últimas se sonrojaban y se negaban a contestar. Algunas de las mujeres ya no repetían más aquellas oraciones; otras, por el contrario, acudían al templo tan a menudo como les era posible.

Me diréis que esta historia de la presencia cada noche de P'usa y de Fo en el monasterio no deja de ser una tontería. Pero hay que tener presente que la gente de aquel distrito tenía más fe en los brujos que en los médicos y que no sabían distinguir lo falso de lo verdadero. En consecuencia, seguían enviando sus esposas al templo.

Como cosa muy natural, aquellos bonzos, cuya conducta aparente era tan laudable y correcta, eran por dentro total y descaradamente glotones, tanto de lujuria como de desenfreno.

A pesar de que las celdas estaban aparentemente cerradas, en realidad cada una de ellas tenía una puerta secreta. Cuando las mujeres estaban profundamente dormidas, los bonzos entraban quedamente en las celdas con tal propósito que, cuando sus víctimas despertaban, era ya demasiado tarde. Las que hubiesen querido protestar guardaban silencio por amor de su reputación.

Ahora bien, las mujeres eran jóvenes y sanas; los bonzos eran fuertes y vigorosos. Habían tomado, además, la precaución de fabricar ciertas píldoras que administraban a sus visitantes. En consecuencia, ocurría muy rara vez que las plegarias no fuesen oídas. Las esposas de carácter sobrio primero hubiesen muerto antes de confesar la cosa a sus esposos, y, en cuanto a las demás, se quedaban muy calladas para así poder hacerlo otra vez.

Así estaban las cosas cuando fue nombrado un gobernador nuevo para aquella región: el señor Wang. Muy po­co después de haber tomado posesión de su cargo, oyó hablar del monasterio del Loto Precioso y no pudo dejar de pensar:

"Desde el momento que se trata de Fo y P'usa debería bastar sencillamente con rezar. ¿Para qué, pues, tienen también que ir hasta allí las mujeres y pasar la noche en el templo? En eso ha de haber algún artificio dudoso."

Pero, sin pruebas, no podía hacer nada; de manera que aguardó basta el noveno sol del noveno mes, en que habría una gran fiesta y entonces se mezcló entre el gentío de fieles que acudieron al santo lugar.

Pasando por la puerta principal se encontró bajo grandes acacias y pinos más que centenarios. Ante él se alzaba el templo, alegremente pintado con bermellón y decorado con una tableta en la que, con caracteres de oro, estaba escrito; "Monasterio de Retiro de Loto Precioso". A la derecha e izquierda había una fila de pabellones en los cuales entraban y salían numerosos visitantes.

El primer bonzo que vio al gobernador quiso correr para prevenir a sus compañeros, El señor Wang pensó detenerse, pero el bonzo se soltó y muy pronto sonaban campanas y tambores en el honor del magistrado, mientras los monjes, formados en dos filas, se inclinaban a medida que pasaba ante ellos.

Entró en el templo y quemó algunos palitos de incienso; después de esto, el Superior le hizo una profunda reverencia y le rogó que pasara y descansara un momento en el salón de recepción. Se sirvió té. Luego, ocultando su verdadera intención, el gobernador dijo:

—Me he enterado de la gran fama de este Santo Retiro y pienso pedirle al Emperador que os conceda una tableta de honor en la que aparezcan inscritos los nombres y datos de todos los bonzos del distrito.

Naturalmente, el satisfecho Superior quiso postrarse en acción de gracias, pero el gobernador prosiguió:

—También me han hablado de una capilla milagrosa. ¿Es verdad lo que de ella cuentan? Y, ¿de qué manera se hacen esas plegarias?

El Superior le contó sin titubeos que el periodo de ayu­no era de siete días; pero que, debido a lo inmenso de su deseo y a la sinceridad de las plegarias, lo que ocurría más a menudo era que las peticiones de las suplicantes fueran con­cedidas en un sueño durante la noche que pasaban en el monasterio.

El gobernador preguntó, como al descuido, qué medidas se adoptaban para guardar las formas; y el otro le explicó que las celdas no tenían otra entrada más que la puerta, ante la cual pasaba la noche un miembro de la familia.

—Ya que tal es el caso —dijo el visitante—, enviaré aquí a mi esposa.

—Si de veras queréis un hijo no es necesario nada más sino que los dos oréis sinceramente en tu palacio, y el milagro se cumplirá —se apresuró a asegurarle el Superior; pues tenía mucho miedo de ver a las autoridades locales inmiscuidas en este asunto.

—Entonces, ¿para qué han de acudir aquí las esposas de la gente del común si la mía no tiene necesidad de molestarse en hacerlo?

—¿No eres tú el protector de nuestra doctrina, y no es natural que los espíritus pongan especial atención a tus plegarias? —le contestó el astuto bonzo.

—Así debe ser —convino Wang—. Pero permíteme visitar esta famosa capilla.

La sala estaba llena de mujeres que huyeron a derecha o izquierda. La imagen de Kwan-yin estaba cubierta de collares de prendas bordadas. Estaba representada teniendo un niño en brazos, mientras que cuatro o cinco chiquitines más se le asían de la túnica. El altar y las paredes estaban cubiertos de ofrendas votivas, en su mayor parte de zapatillas bordadas. Incontables cirios aparecían colocados en los brazos de los candelabros. La gran nave estaba llena de humo de incienso. A la izquierda estaba el inmortal Chang que nos da hijos, A la derecha estaba el "funcionario de la Estrella de la Extensa Longevidad".

Wang, hizo una reverencia ante la diosa. Luego fue a visitar las celdas de las penitentes. Cada techo estaba pintado con flores y un tapiz cubría cada suelo y cada lecho; mesas y sillas estaban inmaculadamente limpias.

Examinó atentamente las celdas por todas partes y no les encontró ningún detalle revelador. Ni un ratón, ni tan siquiera una hormiga, hubiese podido entrar en ellas. Salió de allí perplejo y, después de las ceremonias de costumbre, volvió a meterse en su palanquín al que los bonzos acompañaron hasta la puerta del Monasterio.

Pensando a la derecha y hurgando a la izquierda, como dice el proverbio, el Gobernador pensó súbitamente en un plan. En cuanto hubo llegado al palacio, llamó a uno de sus secretarios y le dijo:

—Ve y búscame a dos rameras y las vistes como mujeres decentes. Les das, a una, una botella de tinta negra, y a la otra un bote de ungüento bermellón, y las envías a pasar la noche al monasterio. Si alguien se les acerca, que le marquen la cabeza con los colores rojo o negro. Yo en persona iré mañana por la mañana a ver cómo está la cuestión. Y sobre todo, que esto se mantenga en el mayor secreto.

El secretario salió inmediatamente en busca de dos mu­jeres públicas, conocidas suyas. Una se llamaba Mei-chieh y la otra Wan-ehr. Las llevó a su casa, les explicó las órdenes que les daba el Gobernador, y las visitó como matronas de buena familia. Llamó dos palanquines a los que hizo entrar a las dos fingidas penitentes, y él en persona llevó el cortejo hasta el monasterio. Dejó a las mujeres en sus respectivas celdas y fue a notificarlo al monje de servicio.

Después que se hubo marchado, un pequeño novicio llevó té a las visitantes presentes que eran más de diez. ¿Quién hubiese pensado en examinar a las dos recién llegadas?

Al sonar la hora de la primera vela, todas las celdas fue­ron cerradas con llave. Los miembros de diversas familias fueron a ocupar sus puestos ante las puertas. Los bonzos se encerraron en sus departamentos.

Cuando Mei-chieh se encontró a solas, puso la cajita de bermellón junto a la almohada, apagó la lámpara, se desvistió y se acostó. Pero, pensando en su misión, no podía con­ciliar el sueño y estaba espiando continuamente por entre las cortinas del lecho.

Dio la hora de la segunda vela. Por todas partes fueron apagándose los ruidos de la existencia humana y todo que­dó en silencio. De repente oyó debajo del suelo este ruido: Ko, ko. Se incorporó en la cama creída de que sería una rata, y vio cómo parte del suelo se deslizaba a un lado. Apareció una cabeza afeitada que muy pronto fue seguida por todo el cuerpo. Era un bonzo y Mei-chieh quedó asombrada y pensó:

—De manera que esos sacerdotes tramposos han estado ultrajando a mujeres honradas.

Pero no se movió para nada. El bonzo apagó la lámpara en silencio, se acercó al lecho, dejó caer su túnica y se deslizó bajo los cobertores, Mei-chiah fingió dormir. Sintió como él le apartaba suavemente una pierna a un lado y entonces fingió que despertaba, diciendo:

—¿Quién eres tú que vienes de noche a ultrajarme?

Lo apartó de un empujón, pero el bonzo la abrazó sujetándole los brazos y le susurró:

—Soy un lo'han con el cuerpo de oro y he venido para darte un hijo.

Mientras hablaba, se ocupaba afanosamente de acuerdo con su sagacidad. Hay que decir que todos los bonzos tienen un talento nada mediocre en asuntos de nubes y lluvias; y que éste estaba dotado de una virilidad vigorosa. Mei-chich era mujer de gran experiencia, pero fue incapaz de resistírsele y, a la larga, tuvo sus dificultades para reprimir los suspiros. Sin embargo, aprovechándose del momento en que él llegaba al instante supremo de sus emociones para meter los dedos en la cajita de bermellón y marcarle la cabeza sin que él se diera cuenta. Al cabo de cierto rato, el bonzo se deslizó fuera de la cama, dejándole un paquetito a la mujer y diciéndole:

—Aquí tienes unas píldoras para que ayuden a que sur­tan efecto tus plegarias. Toma tres décimos de onza de ellas cada día en agua caliente, y tendrás un hijo.

Con el cuerpo cansado, Mei-chieh nada más que cerraba los ojos, fue despertada por un nuevo contacto y, creyendo que habría regresado el mismo bonzo, dijo sorprendida:

—¡Cómo! ¿Eres capaz de volver otra vez, cuando hasta yo estoy tan cansada?

Pero él le contestó sin perder tiempo:

—Estás en un error. Acabo de llegar y el sabor de mis consuelos todavía te es desconocido.

—Pero, es que estoy cansada...

—En este caso toma una de estas píldoras...

Y le ofreció un paquento. Pero ella temió que pudiera ser veneno y lo puso encima de la cama ingeniándose para que, con el mismo gesto, pudiera sumir los dedos en el bote de bermellón y pasarlos después por la cabeza del recién llegado. Este fue aún más terrible que el anterior, y no se calmó hasta el canto del gallo.

Tal como dice el viejo cantar:

"Para el viejo almirez de piedra
donde se han hecho tantas y tantas moliendas,
se necesita una mano de bronce muy pesada
o todo el trabajo es en vano"

Al amanecer apareció otro bonzo que le dijo en voz queda al anterior:

—Quizás estés ya saciado. ¿No habrá de llegar mí vez?

El primer bonzo se rió entre dientes, pero se levantó y se fue. Entonces el otro se metió en la cama y, muy suavemen­te, fue acariciando todo el cuerpo de Mei-chieh.

Ella fingió rechazarlo, pero él la besó en los labios y le dijo:

—Si aquel te ha fatigado, aquí tengo algunas píldoras que volverán la primavera a tus pensamientos.

Y le metió en la boca una píldora que ella no pudo de­jar de tragar. De la boca le ascendió un perfume que se le metió por las narices y la hizo que sintiera que los huesos se le fundían, sumiendo su cuerpo en un calorcillo deli­cioso.

Pero, aun pensando en su propio placer, Mei-chieh no olvidó las órdenes del gobernador. Y marcó también la cabeza de este nuevo asaltante, diciendo:

—¡Vaya cabeza más reluciente!

El bonzo soltó la carcajada:

—Estoy lleno de tiernas y amistosas emociones. No soy como los burdos hombres de tu pueblo. Ven a verme a menudo.

Y se retiró.

Entretanto el gobernador había salido ya de su yamen a la quinta vela, antes de que el día hubiese asomado, acompañado de una escolta de cien hombres decididos, llevando cadenas y grilletes.

Al llegar a la puerta todavía cerrada del monasterio, hizo que la mayor parte de su escolta se ocultara a diestra y siniestra, no conservando junto a sí más que a unos diez hombres. El secretario llamó a la puerta, gritando que el gobernador estaba allí y quería entrar.

Los primeros bonzos que oyeron el grito se dieron prisa a ponerse sus atavíos y a recibir al visitante. Pero el señor Wang, sin hacer caso de sus reverencias, se dirigió directamente al departamento del superior, que ya estaba levantado y dispuesto a comenzar el ritual de su bienvenida. Pero el gobernador le ordenó tajante que hiciese comparecer a los bonzos y que le mostrase el registro del convento,

Algo alarmado, el Superior ordenó que se hicieran sonar campanas y tambores, y los bonzos, arrancados de su sueño, corrieron hacia allí por grupos. Cuando se hubo pasado lista a los nombres inscritos en el registro, el Gobernador ordenó a los asombrados monjes que se quitaran los bonetes.

A plena luz de la mañana se vio que había tres cabezas marcadas con bermellón, pero, ¡oh prodigio!, las cabezas señaladas con tinta negra no eran menos de once.

—Ya no me sorprende que estas plegarias tengan tanto éxito —murmuró el secretario—. En verdad estos monjes hacen las cosas muy a conciencia.

El señor Wang señaló a los culpables y ordenó que se les pusieran cadenas, preguntándoles:

—¿De dónde proceden estas señales rojas y negras que lleváis?

Pero los postrados monjes se miraban unos a otros y no sabían qué responder, mientras todos los reunidos quedaban pasmados ante este extraño suceso.

Entretanto, el secretario había ido a la Capilla de los Chiquillos y, a grandes gritos, hizo levantar a sus dos rameras sacándolas de su profundo sueño.

Las mujeres se vistieron a toda prisa y fueron a arrodillarse ante el Gobernador, que les preguntó:

—¿Qué habéis visto durante la noche? Decidme toda la verdad.

Como habían accedido a cumplir con la misión que se les confiara, las dos mujeres hicieron un relato detallado de los su­cesos de aquella noche, mostrando las píldoras que los bonzos íes habían dado y también sus cajitas de bermellón y negro.

Los bonzos, viendo que sus planes habían sido descubiertos, sintieron que se les salía el hígado y el corazón dejaba de funcionarles. Gimieron en su oculta desesperación, mientras que los catorce culpables golpeaban el suelo con la frente e imploraban misericordia.

—¡Miserables carroñas! ¡Osáis predicar la intervención divina para poder engañar al tonto y ultrajar al virtuoso! ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? Pero el astuto Superior había urdido ya un plan. Ordenó a todos los bonzos que se arrodillaran y dijo:

—Esos a los que has condenado no tienen excusa. Pero estos han sido los únicos que han osado portarse de este modo. Todos mis restantes monjes son puros. Has podido descubrir la vergüenza del culpable, mientras que yo, en mi ignorancia, no pude, y no cabe para ellos más que darles muerte.

El gobernador sonrió:

—¿No hay más celdas que tengan entradas secretas aparte de las dos que ocuparon estas mujeres?

—No hay más que esas dos celdas —contestó el Superior, sin ni tan siquiera ruborizarse.

—Interrogaremos a las demás mujeres, y luego veremos.

Las visitantes que ya habían despertado ante tanto ruido, se presentaron por turno a prestar declaración. Todas estuvieron de acuerdo: ningún bonzo había ido a turbar su sueño. Pero el Gobernador sabía que la vergüenza les impedía hablar, y, por tanto, las hizo revisar. En el bolsillo de cada una de ellas encontraron un paquetito de píldoras. Les preguntó a las mujeres de dónde habían salido aquellas pastillas; pero las mujeres con el rostro púrpura y el cuello escarlata no contestaron ni una sola palabra.

Mientras tenía lugar este examen, llegaron los maridos de las penitentes y también tomaron parte en él. Y su ira les hacía temblar como el arbusto del cáñamo o las hojas del árbol. Cuando el gobernador, que no quería llevar el asunto demasiado lejos, autorizó a las visitantes para que se retiraran, los maridos contuvieron su indignación, se tragaron la vergüenza y las acompañaron.

El Superior todavía no había abandonado la lucha. Afir­mó que aquellas píldoras les eran entregadas a las mujeres cuando entraban en el monasterio. Pero las dos rameras afirmaron de nuevo que ellas cuanto menos, las habían recibido durante la visita de los bonzos.

—El asunto está bien claro —exclamó por último el gobernador—. ¡Encadenad a todos esos adúlteros!

Los bonzos hubiesen querido resistirse, pero no tenían armas y su número era inferior. Los únicos que quedaron libres fueron un anciano que encendía el incienso, y dos pe­queños novicios que todavía estaban en la infancia.

La puerta del monasterio fue cerrada y confiada a un guardia. A su regreso al yamen, el gobernador pasó a ocupar su sitial en el Salón de Justicia e hizo interrogar a sus presos de la manera acostumbrada. El temor al dolor les soltó la lengua, y fueron condenados a muerte. Fueron lle­vados a la cárcel mientras se esperaba la ratificación de su condena.

Mientras el Alcalde de la cárcel hacía sus rondas de inspección para examinar sus ligaduras, el Superior le susurró al oído:

—No hemos traído nada, ni ropas, ni cobertores, ni alimento. Si me permites regresar por unos instantes al monasterio, con tres o cuatro de mis monjes, de buena gana te daré cien onzas de plata.

El Alcalde de la prisión sabía de las riquezas del monas­terio. Sonrió y dijo:

—Mi precio son: cien onzas para mí y doscientas para mis hombres.

El Superior hizo una mueca, pero se vio obligado a prometer esta suma mucho mayor. Los guardianes se consultaron unos a otros y, por último, cuando llegó la noche, llevaron al Superior y a tres de sus bonzos de vuelta hasta el monasterio.

De un lugar secreto que había entre sus celdas, los monjes sacaron las trescientas onzas prometidas y se las dieron de una vez a los guardianes. Mientras éstos las estaban pesando y repartiéndoselas, los otros recogieron el resto de sus tesoros y ocultamente echaron mano a diversas armas: dagas y hachuelas que enrollaron en los cobertores. También se llevaron vino. Cargados pesadamente de esta manera, guardianes y monjes regresaron juntos a la cárcel y celebraron un festín. Los bonzos lograron que sus guar­dianes se emborracharan.

Mediada la noche, sacaron las armas y, habiéndose quitado las cadenas unos a otros, se pusieron a forzar las puertas. Quizá hubiesen logrado acabar de escapar, pero con su odio hacia el Gobernador fue­ron primero a atacar el yamen. Las fuerzas de policía eran numerosas y estaban bien armadas y los bonzos fueron rápidamente vencidos. El Superior dio órdenes a sus hombres de volver lo más aprisa posible a la cárcel, deponer las armas y decir que solamente un corto número de ellos se había revelado, para que de esta manera pudieran salvarse los demás. Pero los guardianes los acusaron con tanto ardor que todos volvieron a verse encadenados.

Su crimen era grave y doblemente agravado por la rebelión. Al día siguiente, cuando el Sol estaba ya alto, el gobernador pronunció su sentencia. Todos los ciento doce monjes fueron llevados directamente a la plaza del mercado y decapitados. Grupos de hombres provistos de antorchas fueron a prender fuego al monasterio que muy pronto no fue más que humeantes pavesas. La alegría se reflejó en los rostros de todos los hombres de aquella ciudad. Pero cuentan que muchas mujeres lloraron a escondidas.

Autor: Hsing shih heng yen (1627)



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